Los nombres propios a la llegada de Roma¹
Las primeras referencias escritas relacionadas con el territorio que hoy ocupan las tierras vasco-navarras provienen de los autores grecolatinos, quienes narraron el inicio de la conquista romana del valle del Ebro a comienzos del siglo II a. C. De esa misma época datan también diversos hallazgos numismáticos y epigráficos procedentes de la región. Entre las piezas epigráficas más notables se encuentran las téseras de hospitalidad descubiertas en la Ribera estellesa y tudelana, por entonces bajo influencia berona y celtibérica. Estas téseras documentan pactos de alianza y reciprocidad celebrados entre distintas ciudades fortificadas —oppida— o entre estas e individuos particulares. Sin embargo, al estar redactadas en signario ibérico o celtibérico, su interpretación resulta compleja, y hasta el momento no ha sido posible identificar con certeza en ellas nombres propios.
A comienzos del siglo I a. C., los primeros nombres propios empleados por los habitantes del territorio del que tratamos aparecen documentados en dos inscripciones epigráficas. El testimonio más antiguo se halla en el llamado Bronce de Áscoli, pieza descubierta en dicha ciudad italiana (CIL, I², 709)². En esta lámina de bronce, parcialmente mutilada, se narra cómo el general Cneo Pompeyo Estrabón concedió la ciudadanía romana a los miembros de una turma (destacamento de caballería) en recompensa por sus méritos militares durante la Guerra de los Aliados (91-88 a. C.). Dicha turma había sido reclutada en Salduie —la futura Caesaraugusta, actual Zaragoza—, y en la inscripción se mencionan los nombres y lugares de origen de los jinetes beneficiados. Entre ellos figuran varios pertenecientes a la comunidad de los Segiensis (identificada con Segia, actual Ejea de los Caballeros, Zaragoza), la cual fue considerada vascona por las fuentes grecorromanas de los siglos I-II d. C. Entre los Segiensis aparecen los siguientes nombres: Sosinadem Sosinasae f., Sosimilus Sosinasae f., Urgidar Luspanar f., Gurtarno Biurno f., Elandus Enneges f., Agirnes Bennabels f., Nalbeaden Agerdo f., Arranes Arbiscar f. y Umargibas Luspangib. f.. La abreviatura “f.” corresponde a filii, en latín “hijo de”, indicando así la filiación paterna del individuo. Se trata de una onomástica claramente indígena, de raíz ibérica o posiblemente vasco-aquitana.
El segundo testimonio procede del denominado Bronce de Contrebia (AE 1979, 377), donde se relata un litigio fechado en el año 87 a. C. entre los salduienses y los alavonenses —estos últimos pertenecientes a la civitas de Alavona, actual Alagón, en la provincia de Zaragoza—, también considerada vascona por las fuentes de los siglos I-II d. C. El conflicto surgió a raíz de unas obras de canalización de aguas emprendidas por los salduienses que perjudicaron a los alavonenses. Ambas partes recurrieron al arbitraje de Contrebia Belaisca (actual Botorrita), y en el documento se consigna que la defensa de la causa alavonense fue asumida por Turibas, hijo de Teitabas, igualmente natural de Alavona³.



Estos primeros testimonios evidencian que, ya en el siglo I a. C., en las comunidades posteriormente calificadas como vasconas predominaba una onomástica de carácter local, de raíz ibérica o quizá aquitano-vascona. Los vascones son mencionados por primera vez en el contexto de las Guerras Sertorianas (81-72 a. C.), uno de los múltiples conflictos civiles que marcaron la crisis de la República romana tardía. El historiador Tito Livio (Per. 91) los sitúa, aunque sin gran precisión, al norte del río Ebro, en la zona central de la actual Comunidad Foral de Navarra. Al otro lado de los Pirineos habitaban los pueblos aquitanos, cuya extensión abarcaba desde la mitad occidental de la cordillera pirenaica hasta el río Garona. Estos fueron sometidos militarmente por las tropas de Julio César y de su hijo adoptivo Octavio —el futuro emperador Augusto—.
Sin embargo, las fuentes conservadas ofrecen una visión parcial y sesgada del proceso de integración del territorio vascón en la órbita romana, y no existen indicios concluyentes de que se produjera un enfrentamiento directo entre Roma y los vascones. Lo mismo puede afirmarse respecto a otros pueblos vecinos, como autrigones, berones, caristios y várdulos. El cierre de las campañas de conquista en el ámbito pirenaico y en el conjunto de la península ibérica (28-19 a. C.) coincidió con los primeros años del gobierno de Augusto, marcando así el inicio de una nueva etapa histórica.
La época imperial. Una onomástica variada, pero mayormente latina
En el siglo I d. C., las comunidades de la península ibérica experimentaron un intenso proceso de romanización. Las fuentes literarias y los hallazgos arqueológicos coinciden en señalar que, para entonces, los vascones ya estaban organizados conforme a los modelos administrativos romanos: su territorio se dividía en varias civitates integradas en el conventus caesaraugustano, a su vez bajo la provincia Hispania Citerior, cuya capital era Tarraco. El área atribuida a los vascones abarcaba una extensa región que correspondería en gran medida a la actual Navarra, el noreste de La Rioja, una franja occidental de Aragón y un acceso al mar a través del corredor del río Bidasoa. Sus vecinos orientales eran diversas comunidades de raíz íbera, como los ilergetes. En cambio, el territorio que hoy forma la Comunidad Autónoma Vasca estaba entonces fragmentado entre cuatro pueblos distintos: la cuenca del Bidasoa pertenecía a los vascones; el resto de Gipuzkoa hasta el río Deba, junto con la llanada alavesa oriental y los valles navarros más occidentales como Burunda y Lana, formaba parte del solar de los várdulos; el territorio de los caristios se extendía desde el río Deba hasta el Nerbioi (Nervión), con una prolongación hacia el sur que incluía la llanada alavesa no adscrita a los várdulos; la Rioja Alavesa, así como la zona de Viana y buena parte de La Rioja, pertenecía a los berones; finalmente, los autrigones ocupaban el norte de Burgos, los valles occidentales de Álava, la margen derecha del Nerbioi y las comarcas orientales de la actual Cantabria, lindando al este con berones y caristios.
El periodo romano introdujo en estas tierras, entre otros cambios, la amplia difusión del hábito epigráfico. La mayor parte de las inscripciones conservadas son de carácter funerario o votivo, y las halladas en Navarra superan claramente en número a las aparecidas en Gipuzkoa, Bizkaia, Álava e Iparralde. En dichas inscripciones domina una onomástica de origen latino frente a la de sustrato local, lo que revela la fuerza del influjo cultural romano y la progresiva integración de las comunidades indígenas en la estructura del Imperio. Con todo, durante los tres primeros siglos de nuestra era pervive aún una notable diversidad onomástica de raíz prerromana —tanto indoeuropea como vasco-aquitana—. Examinémosla con detalle.
a.-Los nombres propios romanos.
Desde la época republicana, los ciudadanos romanos de pleno derecho utilizaban la tria nomina —“los tres nombres”— como símbolo de su condición cívica, aunque no siempre los empleaban de manera completa. Tal como su nombre indica, la identidad romana se estructuraba en tres componentes diferenciados:
El praenomen. Corresponde al nombre propio individual, transmitido habitualmente de padres a hijos primogénitos. El repertorio de praenomina era reducido y bastante estable, destacando entre los más comunes Aulus, Appius, Decimus, Decius, Gaius, Gnaeus, Lucius, Mamertius, Marcus, Nonius, Numerius, Octavius, Publius, Quintus, Servius, Sextus, Titus y Tiberius.
El nomen. Designaba la gens o linaje familiar al que pertenecía el individuo, y constituía el segundo elemento del nombre. Existieron numerosas gentes patricias y plebeyas, como la Julia, Claudia, Cornelia, Emilia, Flavia, Antonia, Valeria o Sempronia. Así, por ejemplo, Cayo Julio César pertenecía a la gens Julia. En el caso de las mujeres, el nomen se empleaba como su único nombre personal, por lo que la hija de Julio César fue llamada Julia. Si en una misma familia nacían varias hijas, se las distinguía mediante un sobrenombre ordinal: la mayor (Maior), la menor (Minor), o, en su caso, Secunda, Tertia, etc. Así, Publio Cornelio Escipión tuvo dos hijas conocidas como Cornelia Maior y Cornelia Minor.
El cognomen. Originalmente era un apodo o sobrenombre alusivo a una característica física o moral de algún antepasado: Caesar (“cabellera”), Cicero (“grano”), Scipio (“bastón”), Strabo (“ojos desviados”), entre otros. Con el paso del tiempo, el cognomen se volvió hereditario y sirvió para distinguir las distintas ramas de una misma gens, aunque en ocasiones se actualizaba o sustituía por otro nuevo. Un ejemplo notable es el de Cneo Pompeyo, hijo de Cneo Pompeyo Estrabón, quien recibió el sobrenombre Magnus (“el Grande”) tras sus destacadas victorias militares.
En algunas inscripciones también se menciona la filiación paterna del individuo, y no era raro que los ciudadanos romanos incluyeran en su nombre la tribu a la que pertenecían. Estas tribus, en su origen, eran divisiones administrativas, fiscales y militares de la propia ciudad de Roma. Con el paso del tiempo, llegaron a contabilizarse treinta y cinco, entre ellas la Suburana, Palatina, Emilia, Ania, Camilia, Claudia, Colina, Cornelia, Quirina, Sergia o Velina. Durante la República, la pertenencia tribal se transformó en un título hereditario y en un elemento adicional de identificación personal. Por otra parte, los generales que lograban victorias destacadas añadían a su nombre un agnomen, es decir, un sobrenombre honorífico alusivo al enemigo vencido o al lugar donde se obtuvo el triunfo: Africanus, Numantinus, Germanicus, Britannicus, Particus, Macedonicus, entre otros. Finalmente, en los casos de adopción, el individuo incorporaba al final de su tria nomina el nomen de su familia de origen; así, Publio Cornelio Escipión Emiliano fue un miembro de la gens Emilia adoptado por la gens Cornelia.
En los territorios sometidos, Roma ofrecía a las poblaciones locales diversas vías de integración y ascenso social, siendo la adquisición de la ciudadanía romana uno de los objetivos más codiciados. Entre los mecanismos más comunes destacaban los siguientes:
El servicio militar. Los individuos carentes de ciudadanía romana solo podían alistarse en las tropas auxiliares del ejército imperial. Las fuentes literarias y epigráficas confirman que entre los vascones, aquitanos, várdulos, caristios, berones y autrigones hubo numerosos soldados que sirvieron en estas unidades. De hecho, existieron varias cohortes denominadas aquitanas, al menos dos vasconas y una várdula, creadas con reclutas originarios de esas regiones. Tras veinticinco años de servicio, los soldados licenciados recibían la ciudadanía romana para sí y para sus descendientes directos, mientras que las vacantes se cubrían con hombres reclutados en las zonas donde la unidad estaba destinada.
La promoción jurídica de las civitates. Una vez completada la conquista, Roma organizaba el territorio en civitates —entidades administrativas locales—, cuyo estatuto jurídico variaba según su comportamiento durante la anexión y su grado de romanización. Este estatus determinaba el nivel de autonomía de cada comunidad, su grado de dependencia respecto al poder romano y las posibilidades de sus habitantes de acceder a la ciudadanía.
La mayoría de las civitates del territorio eran estipendiarias, lo que significaba que conservaban cierta autonomía interna a cambio de pagar un tributo y de aportar tropas al ejército romano. En el ámbito que nos ocupa, casi todas las civitates —incluida Pompelo— pertenecían a esta categoría. En un nivel algo superior se hallaban las civitates foederatae o federadas, que disfrutaban de una mayor independencia en virtud de un tratado formal con Roma. Entre ellas, las fuentes mencionan a la vascona Tarraca, posiblemente identificable con el yacimiento arqueológico de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza).
Por encima de estas se situaban los municipia de derecho latino, que contaban con estructuras administrativas semejantes a las de las ciudades itálicas. En estos núcleos, los magistrados que desempeñaban cargos municipales durante un año podían acceder a la ciudadanía romana. Dentro del ámbito vascón se conocen al menos dos ejemplos: Cascantum (Cascante, Navarra) y Graccurris (Alfaro, La Rioja). En la cúspide de la jerarquía administrativa se encontraban los municipia de derecho romano, cuyos habitantes gozaban plenamente de la ciudadanía y cuyos órganos de gobierno reproducían el modelo político de la propia Roma. Calagurris Iulia Nassica (Calahorra, La Rioja) fue el primer municipium vascon alcanzado este estatus. Finalmente, existían también las colonias romanas, fundadas o repobladas con ciudadanos romanos, como Flaviobriga (Castro Urdiales, Cantabria), en territorio autrigón, o Caesaraugusta (Zaragoza). En el año 74 d. C., el emperador Vespasiano concedió el ius Latii (derecho latino) a todas las civitates hispanas que aún no lo poseían, como recompensa por su fidelidad al Imperio.
Las distintas civitates aspiraban a ascender jurídicamente dentro de esta jerarquía adoptando prácticas munificentes y modos de representación típicamente romanos, además de establecer relaciones de hospitalidad y patronazgo con personajes influyentes capaces de favorecer su promoción. En este contexto, varios miembros de las élites locales lograron acceder a cargos religiosos y administrativos relevantes en la administración provincial. Así, el modo de vida romano se fue consolidando progresivamente entre la población, reflejándose de forma directa en la onomástica. Entre los nombres documentados figuran: Caius Atilius Genialis de la tribu Quirina (CIL II 2973); Sempronia Plácida (CIL II 4246); Cnaeus Sempronius Fidus de la tribu Galeria (CIL II 4245); Caius Antonius Certus, Domitia Marcelina y Antonia Emiliana (CIL II 2964); Titus Antonius Paternus y [Lucius] Caecilius Estivus (CIL II 2960); o el célebre retórico y pedagogo calagurritano Marcus Fabius Quintilianus.
Como ya se ha señalado, durante el periodo romano la onomástica latina acabó imponiéndose sobre las formas locales, aunque las fuentes epigráficas muestran todavía una apreciable diversidad. Dentro de esta variedad destacan especialmente los nombres de raíz vasco-aquitana, vestigio del sustrato indígena que persistió durante los primeros siglos de dominación romana.
b.- Los nombres de origen vasco-aquitano
La presencia de nombres propios de origen vasco-aquitano es especialmente frecuente en Aquitania, aunque también se documenta una notable concentración de casos en la Zona Media de Navarra y en las Tierras Altas de Soria, además de algunos ejemplos aislados en Álava y Gipuzkoa. Estos antropónimos pueden aparecer como nombres únicos o bien formando combinaciones híbridas, en las que un elemento latino se une a otro de raíz vasco-aquitana. En ocasiones, los individuos que los portan se encuentran emparentados con personas que llevan nombres plenamente romanos, lo que refleja un proceso de asimilación cultural gradual.
Un ejemplo ilustrativo procede de una inscripción funeraria hallada en Andión (Mendigorria, Navarra), donde se menciona a Lucius Aemilius Seranus, de nombre romano, quien dedica una estela a su madre Calpurnia Urchatetelli (CIL II 2967), cuyo nomen presenta un origen claramente vasco-aquitano. Casos semejantes se repiten en diferentes puntos del territorio: Valerius Beltesonis (HAE 2464); Aemilius Ordunetsi (HEp 3, 1993, 267)⁴; Ummesahar, Narhungesi y Abishunari (IRMN 50, Lerga); Badan y Abisunsonis (AE 1998, 776); Edsuri (HAE 2465; HEp 5, 1995, 610); Luntbelsar (HEp 6, 1996, 4); Agirsenus (HEp 3, 1993, 363); Illuna (CIL II 5815) y Asterdumari (CIL II 5840).
Estos testimonios epigráficos constituyen una valiosa muestra de la pervivencia del sustrato onomástico indígena en los primeros siglos del dominio romano, así como de la coexistencia y fusión progresiva entre las tradiciones locales y la cultura latina.
c.- Nombres de origen indoeuropeo
Otros nombres indígenas documentados en el ámbito vasco-navarro corresponden al sustrato indoeuropeo o céltico. Al igual que los de origen vasco-aquitano, estos antropónimos aparecen dispersos geográficamente y, con frecuencia, asociados a nombres de filiación latina, reflejo de la progresiva romanización de las poblaciones locales. En Álava, varias inscripciones epigráficas recogen ejemplos como Ambatus (CIL II 2948; CIL II 2951; CIL II 2956; HEp 4, 1994, 1; HEp 4, 1994, 11), Reburrus (CIL II 2941), Segontius (CIL II 5821; CIL II 2942; CIL II 2946; CIL II 2956; HEp 1, 1989, 18) o Turaesanus (CIL II 2957; CIL II 5819). En Navarra se repiten algunos de estos nombres, como Ambatus (IRMN 55) y Segontius (CIL II 5828), junto a otros distintos, entre ellos Ambata (CIL II 5827), Annia (CIL II 2970), Aunia (CIL II 5828), Betunus (IRMN 19), Calaetus (CIL II 2968; HEp 2013, 325), Celtius (IRMN 53), Coemia (IRMN 35), Doiterus (IRMN 55) o Viriatus (CIL II 2970).
Los testimonios disponibles hasta la fecha no permiten determinar con certeza cuál era la onomástica indígena predominante en los territorios de várdulos y caristios; sin embargo, los hallazgos apuntan a una mayor presencia de nombres indoeuropeos frente a los de raíz aquitano-vascona. En cambio, en Navarra, donde la documentación epigráfica es más abundante, parece observarse el fenómeno inverso: dentro de la onomástica no romana, los nombres aquitano-vascones superan en frecuencia a los indoeuropeos.
Por último, algunos epígrafes hallados en territorio navarro mencionan individuos con nombres de origen griego, tales como Athenio (IRMN 67), Chrysaeis (IRMN 67), Tyrmus (HEp 8, 1998, 373), Eraste (HEp 8, 1998, 373) o Telesphoros (HEp 7, 1997, 480; IRMN 33). Tradicionalmente se ha interpretado que estas personas podrían haber sido libertos o esclavos manumitidos, o haber mantenido algún tipo de vinculación con la condición servil.⁵
La Antigüedad Tardía (siglos III-VII)
El Imperio Tardío (siglos III-V)
En el año 212 d. C. entró en vigor la célebre Constitutio Antoniniana, promulgada por el emperador Caracalla, mediante la cual se concedía la ciudadanía romana plena a todos los habitantes libres del Imperio. Este hito jurídico supuso la culminación del proceso de integración de las poblaciones provinciales, pero coincidió también con el inicio de un periodo de crisis estructural que transformó profundamente la sociedad y las instituciones romanas, dando paso a lo que la historiografía denomina Antigüedad Tardía. Durante este tiempo, el hábito epigráfico —la costumbre de erigir inscripciones en piedra— descendió de manera drástica; tras una breve reactivación en el siglo IV, volvió a decaer en el siglo siguiente como consecuencia del colapso político y económico del Imperio Romano de Occidente.
Tras varias décadas de silencio en las fuentes, los vascones reaparecen en los textos del siglo IV, y por primera vez se documenta el término “Vasconia” para designar un ámbito geográfico impreciso situado en el entorno del Pirineo occidental. Sin embargo, esta reaparición se produce en un contexto literario y poético, fuertemente influido por la retórica clásica. En contraposición, desaparecen los antiguos etnónimos de autrigones, berones, caristios y várdulos, aunque subsiste un recuerdo difuso de ellos: algunas fuentes mencionan los corónimos “Vardullia” y “Austrogonia”, nombres que parecen remitir, respectivamente, a los antiguos territorios de várdulos y autrigones, si bien sus límites y estatus político no son precisados.
Durante este mismo periodo, la antigua fórmula tria nomina cayó progresivamente en desuso, generalizándose el empleo del nomen unicum o nombre único, un fenómeno extendido por todo el Imperio y perceptible también en Vasconia y sus regiones vecinas. Entre los ejemplos conocidos pueden citarse Leucadius (IRMN 26), Leontis (IRMN 54), Oborios (AE, 1987, 619), Salonius (HEp 7, 1997, 468), Sempronia (CIL II 2918), Ursicenus y Asevucius (HAEp 2521), Verus (CIL XIII 412)⁶, Valerianus (IRMN 54) —nombre también del obispo de Calahorra, mencionado por el poeta Prudencio (Perist. 2.537)—, Silvanus —otro obispo calagurritano, citado en la correspondencia entre el metropolitano tarraconense Ascanio y el papa Hilario—, o Dulcitius (MosHispa-Na, 4), antropónimo que aparece en la iconografía musivaria de la villa romana de El Ramalete (Tudela, Navarra).
Entre los reinos francos y visigodo (siglos VI-VII)
Durante el colapso del Imperio Romano de Occidente, diversos pueblos bárbaros, llegados en sucesivas oleadas migratorias, se establecieron en las antiguas provincias imperiales, fundando sobre ellas sus propios reinos germánicos. Ya avanzado el siglo VI, Vasconia se hallaba situada entre dos de las principales potencias occidentales del momento: el reino visigodo, al sur de los Pirineos, y el reino franco, al norte. A partir de la segunda mitad de la centuria, las fuentes intelectuales y cronísticas de ambos reinos comienzan a denominar vascones a determinadas comunidades pirenaicas cuyos límites geográficos no definen con precisión, pero que muestran una actividad militar intensa y continuada. Estos vascones tardíos son descritos —no sin un evidente tono retórico— como un pueblo belicoso, dado al saqueo y la incursión en territorios vecinos, y frecuentemente dispuesto a participar como fuerza auxiliar o de choque en las constantes guerras civiles y rebeliones que azotaban tanto a los visigodos como a los francos.
La arqueología confirma, en parte, esta imagen: en Bizkaia, Álava y Navarra se han documentado varias necrópolis cuyos ajuares incluyen armas, hebillas y objetos de prestigio con claras influencias francas y aquitanas, sin paralelos en el entorno material visigodo. Asimismo, por primera vez, en la primera mitad del siglo VII, diversas fuentes emplean expresamente los términos Vasconia o Wasconia para designar una región situada al norte de los Pirineos occidentales, lo que indica un reconocimiento territorial más definido.
Tanto francos como visigodos intentaron someter a estas comunidades vasconas mediante campañas militares y pactos de sumisión, pero la inestabilidad interna de sus reinos —unida, quizá, a la falta de una estructura política unificada entre los propios vascones— frustró reiteradamente tales intentos. De hecho, cuando los musulmanes desembarcaron en la península ibérica en el año 711, el rey visigodo Rodrigo se encontraba precisamente en Pamplona combatiendo a los vascones.
En cuanto a la onomástica de este periodo, las fuentes son extremadamente escasas. No se conserva ningún nombre atribuible con certeza a un individuo vascón, y los pocos que se mencionan son de origen romano, germánico o hebreo, como los de los obispos Liliolo, Juan, Atilano y Marciano, asistentes a los concilios visigodos, o el de Rictrudis, religiosa de posible ascendencia vascona cuya vida fue narrada por Hucbaldo, monje carolingio de los siglos IX-X.
La Alta Edad Media (siglos VIII-X) ⁷
Durante este periodo, a diferencia de las épocas anteriores, se dispone de numerosas fuentes escritas procedentes de los ámbitos franco, musulmán, asturiano y, desde el siglo IX, también pamplonés, lo que refleja una creciente diversidad temática y geográfica en los testimonios documentales.
La irrupción de los musulmanes en la península ibérica a comienzos del siglo VIII supuso la desaparición del reino visigodo y la apertura de un nuevo periodo histórico. Siguiendo la pauta observada en otras ciudades del valle del Ebro, las autoridades de Pamplona alcanzaron con los recién llegados acuerdos de rendición o sometimiento pactado, que permitieron cierta continuidad local bajo control islámico. Aunque en las décadas posteriores los ejércitos musulmanes llevaron a cabo varias expediciones militares con el fin de consolidar su dominio, los hallazgos arqueológicos —entre ellos la maqbara de la actual Plaza del Castillo y diversos anillos con inscripciones cúficas— evidencian la presencia de población norteafricana y la adopción de símbolos de prestigio islámicos por parte de determinadas élites vasconas durante el siglo VIII.
Este proceso de aculturación islámica fue especialmente intenso en las tierras de la actual Ribera tudelana, donde ejercieron su autoridad los Banu Qasi, poderoso linaje de origen local descendiente de un aristócrata visigodo llamado Casio, convertido al islam. En cambio, la región vascona más occidental, designada por las fuentes como Alaba, fue incorporada a la órbita del reino asturiano, que extendió su influencia sobre ella a partir de mediados del siglo VIII, manteniéndola bajo su control hasta comienzos del siglo XI.
Al norte de los Pirineos, la dinastía carolingia asumió el poder en el reino franco, emprendiendo un ambicioso proceso de expansión territorial que alcanzó su apogeo durante los reinados de Carlomagno (768–814) y su hijo Ludovico Pío (814–840). Siguiendo la política de sus predecesores merovingios, los carolingios intentaron mantener bajo control la Vasconia norpirenaica mediante la coerción militar y la delegación del gobierno local en la figura de un dux Vasconiae, cuya función teórica era salvaguardar los intereses francos en la región. No obstante, las crónicas relatan que las revueltas fueron frecuentes y que, en más de una ocasión, los propios duques se sumaron a ellas.
Con el propósito de asegurar las fronteras del imperio frente a los musulmanes, Carlomagno y Ludovico establecieron una serie de condados fronterizos al sur de los Pirineos, entre ellos el condado de Aragón. La célebre derrota de Orreaga (Roncesvalles) en el año 824 marcó el fracaso definitivo de los intentos carolingios por someter a los vascones del entorno pamplonés, denominados en las crónicas francas Navarri et Pampelonenses. En este contexto aparece la figura del princeps Enneco Aresta (Íñigo Arista), quien, mediante una astuta política matrimonial, tejió una sólida red de alianzas con los Banu Qasi y con el conde de Aragón. Sin embargo, sus descendientes adoptaron una orientación política diferente, inclinándose hacia la confrontación con los musulmanes y estableciendo vínculos más estrechos con la monarquía asturiana. Finalmente, en el año 905, ascendió al poder la dinastía Jimena, que configuró formalmente el Reino de Pamplona.⁸
Tal como se ha señalado, a medida que avanzan los siglos, las fuentes documentales se vuelven más abundantes y variadas, proporcionando valiosa información sobre la onomástica. En este periodo destacan los nombres no musulmanes o no islamizados, frecuentes en las regiones más septentrionales. En primer lugar, es evidente el origen autóctono o local de la mayoría de los antropónimos. En segundo lugar, se observa que, hacia finales del siglo VIII y comienzos del siglo IX, se consolida la costumbre de situar la filiación en la posición del nomen, aunque en ocasiones esta es reemplazada por un cognomen o apodo alusivo a alguna característica personal, como Aresta o Malo; sin embargo, tales apelativos no se transmitían de forma hereditaria.
Durante los siglos IX y X, se generaliza además la práctica de indicar el lugar de procedencia junto al nombre. En el caso de las mujeres, se suele mencionar la filiación paterna, aunque en ciertos documentos también se consigna su origen geográfico o el nombre de su esposo. La fuente más completa para el estudio de esta etapa es el Códice de Roda, que contiene las Genealogías de los reyes de Pamplona, redactadas a finales del siglo X, probablemente en algún scriptorium del entorno pamplonés. A continuación, se presentan algunos ejemplos representativos de esta onomástica.
Nombres documentados en las fuentes altomedievales
Notables del Ducado de Vasconia y su entorno norpirenaico
- Lupus o Lope, dux Vasconiae (Annales Einhardi, ad ann. 769).
- Adhelericus (Astronomus, Vita Hludovici, 5; ad ann. 789–790).
- Lope Sancho, princeps Vasconum (Ermoldo el Negro, In honorem Hludovici, I, 129–136).
- Sigiwinus (¿Jimeno?), dux (Annales Regni Francorum, ad ann. 816; Astronomus, Vita Hludovici, 26; Lupo Ferrariensis, Epistola 31).
- Garsimiro, princeps (Chronicon Moissacense, ad ann. 816).
- Lupo Céntulo y su hermano Garsando (Annales Regni Francorum, ad ann. 816).
- Asinarius o Aznar, comes (Annales Regni Francorum, ad ann. 816) y su hermano Sancio Sanci o Sancho Sánchez (Annales Bertiniani, ad ann. 836).
Gobernantes y notables del entorno pamplonés y sus familiares
- Garsiya ibn Wannako o García Íñiguez (Ibn Hayyan, Kitab al-Muqtabis).
- Wiliesindo, obispo de Pamplona (Eulogio de Córdoba, Epistola tertia ad Wiliesindum, 1).
- Los duces navarros Indio (¿Íñigo?) y Mitio (¿Jimeno?) (Fragmentum codicis Fontanellensis, ad ann. 850).
- García, hijo de Lubb (Al-Himyari, Kitab Ar-Rawd, 22).
Genealogías de Roda (1–10): lista de los reyes de Pamplona
- Enneco, cognomento Aresta (Eneko, de sobrenombre Arista).
Su madre: Onneca.
Hijos de Enneco: Garsea Ennecones (García Íñiguez); Assona, mujer de Muza, señor de Borja y Terrero; otra hija, cuyo nombre no se ha conservado, mujer de Garsea Malo (García el Malo, hijo de Galindo Belascotenes y Fakilo), conde de Aragón.
- García Íñiguez.
Hijos: Fornutio Garseanis (Fortún Garcés); Sancio Garseanis (Sancho Garcés); Onneca, mujer del conde de Aragón Aznar Galíndez.
- Fortún Garcés.
Su mujer, Oria, hija de (no consta).
Sus hijos: Enneco Fortunionis; Aznar Fortunionis; Belasko Fortunionis; Lope Fortunionis y Onneca, casada con Asenari Sanzones de Larron o Aznar Sánchez de Larraun (?).
- Garsea Scemenonis (García Jiménez) tuvo como mujer a Onneca Rebelle de Sangosa (Oneca Rebelle de Sangüesa), con quien tuvo a Enneco Garseanis (Íñigo Garcés) y a domna Sanzia (doña Sancha). Después, tuvo como segunda esposa a domna Dadildi de Paliers (doña Dadildis de Pallars), hermana del conde Raimundo, y juntos tuvieron a Sanzio Garseanis (Sancho Garcés, el primer rey de la dinastía Jimena) y a Scemeno Garseanis (Jimeno Garcés)..
BIBLIOGRAFÍA
¹ Imágenes, bibliografía e inscripciones completas de los epígrafes citados, en: HispaniaEpigraphica Online Database – Search (eda-bea.es)
² Imagen: Photo 41029701.jpg – Auñamendi Eusko Entziklopedia (eusko-ikaskuntza.eus)
³ Imagen: https://botorrita.com/wp-content/uploads/2020/06/Bronce_de_Botorrita_II.jpg
⁴ Imagen inscripción de Muez (Aemilius Ordunetsi). HEp 3, 1993, 267: HispaniaEpigraphica Online Database – Record Card (eda-bea.es)
Imagen estela de Andrearriaga. HAE 2464: Hilarri baskoia – Valerius Beltesonis – 3D model by Alberto Mendikute (@amendikute) [5b809d2] (sketchfab.com)
Mapa onomástica vasco-aquitana (2018): onom%C3%A1stica+aquitana+vascona.jpg (1396×960) (bp.blogspot.com)Irudi batzuk: Aquitano y Vascónico (dpz.es)
⁵Nafarroa: Vista de Onomástica personal en las inscripciones romanas de Navarra (unav.edu)
Arabaren kasurako, mapak eta grafikoak: https://www.google.com/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&ved=0CDgQw7AJahcKEwjoz5ygm8GAAxUAAAAAHQAAAAAQAw&url=https%3A%2F%2Fojs.ehu.eus%2Findex.php%2FVeleia%2Farticle%2Fdownload%2F2848%2F2464&psig=AOvVaw23RSVHn_xsKQfds84UxAVP&ust=1691176957304948&opi=89978449
⁷ Todas las fuentes primarias, su traducción y bibliografía básica en: Larrañaga Elorza, K., 2008, Euskal Herria Antzinate Berantiarrean eta Lehen Ertaroan. Materiale eta agiriak, UPV-EHU.
⁸ Los textos del códice referidos al territorio navarro en: 193_284.pdf (unizar.es)
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