← Volver a los artículos

Los nombres propios en el entorno Vasco-Navarro desde la antigüedad hasta la Alta Edad Media (S. I A.C. – Ix D.C.)

Los nombres propios a la llegada de Roma¹

Las primeras noticias escritas vinculadas a la región que ocupan actualmente las tierras vasco-navarras las encontramos en los pasajes de los autores grecolatinos que narran el inicio de la conquista romana del Valle del Ebro a comienzos del s. II a.C. Por la misma época, contamos con hallazgos numismáticos y epigráficos generados en la zona. Entre las piezas epigráficas, destacan las téseras de hospitalidad halladas en la Ribera Estellesa y Tudelana, en esta época bajo la órbita berona y celtíbera. Estas téseras testimonian alianzas solidarias efectuadas entre diferentes ciudades fortificadas –oppida– o entre estas e individuos privados. Al estar escritas en signario ibérico o celtibérico, su lectura es complicada y por el momento no se han podido identificar con seguridad en ellas nombres propios.

A comienzos del siglo I a.C., los primeros nombres propios utilizados por los habitantes del lugar aparecen documentados en dos piezas epigráficas. Así, el testimonio más temprano al respecto lo hallamos en el llamado “Bronce de Áscoli”, pieza encontrada en dicha ciudad italiana (CIL, I2, 709)². En el bronce, que se encuentra mutilado, se puede leer que el general Cneo Pompeyo Estrabón concedió la ciudadanía romana a los miembros de una turma (destacamento de caballería) como recompensa por sus méritos militares en el contexto de la Guerra de los Aliados (91-88 a.C.). La citada turma fue reclutada en Salduie (futura Caesaraugusta, Zaragoza) y en la placa se indica el nombre y origen de los jinetes recompensados. Entre ellos tenemos a varios Segiensis (identificado con Segia, actual Ejea de los Caballeros, provincia de Zaragoza), comunidad que en los siglos I-II d.C. es calificada de vascona por las fuentes grecorromanas. Entre los Segiensis se mencionan los siguientes nombres: Sosinadem Sosinasae f., Sosimilus Sosinasae f., Urgidar Luspanar f., Gurtarno Biurno f., Elandus Enneges f., Agirnes Bennabels f., Nalbeaden Agerdo f., Arranes Arbiscar f., Umargibas Luspangib. f. La “f.” es la abreviatura de filii, en latín, “hijo de”, es decir, junto al nombre del individuo se indica su filiación. Se trata de una onomástica indígena, de origen ibérico o, tal vez, vasco-aquitano. La siguiente noticia nos la ofrece el llamado “Bronce de Contrebia” (AE 1979, 377), en el que se alude a un pleito ejecutado en el 87 a.C. entre los salduienses y los alavonenses (de la civitas de Alavona, actual Alagón en la provincia de Zaragoza, también señalada como vascona en los siglos I-II d.C.). El pleito se debía a unas obras de canalización de aguas que emprendieron los salduienses y que, al parecer, perjudicaron a los alavonenses. Ambos acudieron al arbitraje de Contrebia Belaisca (Botorrita) y en el bronce se señala que la defensa de la causa alavonense fue encomendada a Turibas, hijo de Teitabas, también alavonense³.

Estos primeros testimonios dan cuenta que en el siglo I a.C., en comunidades posteriormente calificadas como vasconas, primaba una onomástica local ibérica o, tal vez, aquitano-vascona. Los vascones son mencionados por primera vez en el contexto de las Guerras Sertorianas (81-72 a.C.), una de las varias contiendas civiles que estallaron durante la crisis de la República romana tardía. El historiador Tito Livio (Per. 91) ubica sin gran precisión a los vascones al norte del río Ebro, en la zona central de la actual Comunidad Foral de Navarra. Al norte de los Pirineos se encontraban los pueblos aquitanos, ocupando un espacio que iba desde la mitad occidental de la cordillera pirenaica hasta el río Garona. Los aquitanos fueron sometidos militarmente por las tropas de Julio César y de su hijo adoptivo Octavio (el futuro emperador Augusto). No obstante, las fuentes disponibles nos ofrecen una visión parcial y sesgada de la integración del territorio vascón en el ámbito romano y no existen indicios claros de que hubiera una confrontación directa entre Roma y los vascones. Sucede lo mismo en el caso de los autrigones, berones, caristios y várdulos. El final de las campañas de conquista en el entorno pirenaico y la península ibérica (28-19 a.C.) coincidieron con los primeros años del gobierno de Augusto, dando lugar a un nuevo periodo histórico.

La época imperial. Una onomástica variada, pero mayormente latina

En el siglo I d.C. las comunidades de la península ibérica vivieron un gran impulso romanizador. Las fuentes escritas y los hallazgos arqueológicos indican que para estos años los vascones estaban organizados siguiendo las directrices habituales de la administración romana. Su territorio se hallaba dividido en varias civitates agrupadas en el conventus caesaraugustano, integrada a su vez en la provincia Hispania Citerior, con capital en Tarraco. El solar vascón abarcaba una amplia región que se correspondería en gran parte con la actual provincia de Navarra, el noreste de La Rioja, una franja occidental de Aragón y una salida al mar por el corredor que forma el río Bidasoa. Los vascones tenían como vecinos orientales a varias comunidades de origen íbero, como los ilergetes. En cambio, el espacio que en la actualidad engloba la Comunidad Autónoma Vasca, estaba dividido entre cuatro pueblos diferentes: la comarca del Bidasoa pertenecía a los vascones; el resto de Gipuzkoa hasta el río Deba, la llanada alavesa oriental y los valles navarros más occidentales como Burunda y Lana formaban el solar de los várdulos; el territorio de los caristios iba desde el río Deba hasta el Nerbioi y una prolongación hacia el sur que añadía la llanada alavesa que no pertenecía los várdulos; la Rioja Alavesa correspondía al territorio de los berones, al igual que la zona de Viana y gran parte de La Rioja; por último, los autrigones lindaban en su frontera oriental con berones y caristios y ocupaban el norte de Burgos, los valles occidentales de Araba, la margen derecha del río Nerbioi y las comarcas orientales de la actual provincia de Cantabria.

El periodo romano trajo consigo al territorio, entre otras cosas, una amplia difusión del hábito epigráfico. La mayoría de las piezas encontradas son de carácter funerario o votivo y las halladas en Navarra sobrepasan con creces a las que han aparecido en Gipuzkoa, Bizkaia, Araba e Iparralde. En todas estas inscripciones prevalece una onomástica de origen latino sobre la de sustrato local, indicio del impacto cultural romano y de la progresiva integración de las comunidades indígenas en el imperio. A pesar de la prevalencia de los nombres propios romanos, en estos tres primeros siglos de nuestra era perdura una onomástica variada de origen prerromano, bien sea de origen indoeuropeo o vasco-aquitano. Vayamos por partes:

a.-Los nombres propios romanos. 

Desde la época republicana, los ciudadanos romanos de pleno derecho portaban la tria nomina para demostrar su estatus (aunque no siempre lo utilizaban en su totalidad). Como su nombre indica, el nombre del ciudadano romano se dividía en tres partes, a saber: 

-El praenomen. Se trata del nombre propio, transmitido generalmente de padres a sus hijos primogénitos. Siempre eran los mismos, algunos de los más comunes eran Aulus, Appius, Decimus, Decius, Gaius, Gnaeus, Lucius, Mamertius, Marcus, Nonius, Numerius, Octavius, Publius, Quintus, Servius, Sextus, Titus y Tiberius.

-El nomen. Era el nombre de la Gens, del linaje familiar. Había muchos: la gens Julia, Claudia, Cornelia, Emilia, Flavia, Antonia, Valeria, Sempronia… La gens respondía al segundo nombre de los ciudadanos romanos. Así, Cayo Julio César era miembro de la gens Julia. En cambio, el nomen era el nombre propio de las mujeres de dicha gens. Siguiendo con el mismo ejemplo, la hija de César fue llamada Julia. Si de un matrimonio nacían más de una hija, todas llevaban el nombre de la gens y se les diferenciaba con un sobrenombre. Vamos con otro ejemplo: Publio Cornelio Escipión tuvo dos hijas, una fue llamada Cornelia Maior y la otra era Cornelia Minor. En caso de que tuviesen más hijas, se les calificaba siguiendo su orden de nacimiento: Secunda, Tertia…

-El Cognomen. En su origen respondía a un mote vinculado a un rasgo característico de algún antepasado: Caesar (César), cabellera; Cicero (Cicerón), grano; Scipio (Escipión), bastón; Strabo (ojos desviados)… Ya en el periodo republicano el cognomen se volvió hereditario y se utilizaba para diferenciar las diferentes ramas familiares de la misma gens, aunque podían ser actualizados e intercambiados por otros nuevos. Por ejemplo, al hijo de Cneo Pompeyo Estrabón, que llevaba el mismo nombre, se le comenzó a llamar Cneo Pompeyo Magno debido a sus tempranas victorias militares.

En ocasiones también se indica la filiación paterna de los individuos. Asimismo, los ciudadanos romanos pertenecían a diferentes tribus y a veces lo hacían constar al escribir su nombre. En su origen estas tribus se referían a unidades fiscales y de reclutamiento de la propia ciudad de Roma. Con el tiempo, llegaron a ser hasta treinta y cinco tribus (Suburana, Palatina, Emilia, Ania, Camilia, Claudia, Colina, Cornelia, Quirina, Sergia, Velina…), pero a lo largo del periodo republicano se convierte en un título hereditario y en otro elemento de identificación junto al nombre. Por su parte, aquellos generales romanos que bajo su mando habían obtenido victorias militares, podían sumar a su nombre un agnomen, es decir, un nuevo título en relación con el enemigo derrotado o el lugar donde se obtuvo la victoria (Africanus, Numantinus, Germanicus, Britannicus, Particus, Macedonicus…). Finalmente, los nombres también podían indicar si el individuo en cuestión había sido adoptado añadiéndose a su tria nomina el nomen de la familia originaria, por ejemplo: Publio Cornelio Escipión Emiliano, un miembro de la gens Emilia adoptado por la gens Cornelia.

En los territorios sometidos, Roma ponía a disposición de la población local diversas herramientas de integración y promoción social, proceso en el que la obtención de la ciudadanía romana constituía uno de los objetivos principales. En este sentido, las vías más comunes eran:

-El servicio militar. Aquellos individuos que no poseían la ciudadanía romana podían alistarse únicamente en las tropas auxiliares. En el caso de los vascones, aquitanos, várdulos, caristios, berones y autrigones, las fuentes literarias y epigráficas certifican que varios de ellos se alistaron en este tipo de unidades. De hecho, había varias cohortes “aquitanas” y al menos dos cohortes auxiliares fueron denominadas “vasconas” y una “várdula”, debido a que en el momento de su creación la mayoría de los reclutas compartían el mismo origen. Generalmente, estos soldados una vez lograban licenciarse tras veinticinco años de servicio, obtenían la ciudadanía romana para sí mismos y sus descendientes directos. Las bajas se cubrían con hombres de la zona donde la unidad se encontraba destinada.

-La promoción jurídica de las civitates. Una vez terminaba la conquista, el territorio era ordenado en civitates que, dependiendo de sus características y comportamiento en el momento de la conquista, poseían un estatuto jurídico diferente que condicionaba su dependencia respecto a la administración romana y las posibilidades de sus habitantes para obtener la ciudadanía romana. 

La mayoría eran civitates estipendiarias, circunstancia que permitía a sus habitantes cierta autonomía organizativa a nivel interno a cambio del pago de un tributo y facilitar tropas a Roma. En el entorno al que nos referimos casi todas las civitates, incluida Pompelo, eran estipendiarias. En unas condiciones similares, aunque quizá con algo más de autonomía, se encontraban aquellas de estatuto federado. Las fuentes mencionan a la vascona Tarraca, quizá identificable con el yacimiento de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza). En un nivel superior se encontraban los municipia de derecho latino, que se diferenciaba de las anteriores por unos órganos de gestión local similares a los de algunas ciudades italianas. En estas comunidades, aquellos ciudadanos que podían asumir los cargos municipales durante un año podían obtener la ciudadanía romana. En nuestro entorno contamos con dos casos, las vasconas Cascantum (Cascante, Navarra) y Graccurris (Alfaro, La Rioja). En la cúspide de esta jerarquía estaban los municipia de derecho romano, con unos órganos de gobierno semejantes a los de la ciudad de Roma y cuyos habitantes gozaban de la plena ciudadanía romana. Calagurris Iulia Nassica (Calahorra, La Rioja) fue el primer municipium en alcanzar este estatuto entre los núcleos vascones. Finalmente había asentamientos calificados de colonia fundadas o repobladas con ciudadanos romanos, como Flaviobriga (Castro Urdiales, Cantabria), en el territorio autrigón, o Caesaraugusta. En el año 74 d.C., el emperador Vespasiano concedió el derecho latino a todas las civitates hispanas que no lo poseían como recompensa por su actitud ejemplar.

Las diversas civitates del territorio aspiraban a la promoción jurídica adoptando las prácticas munificentes y los modos de representación típicamente romanos, tratando de establecer acuerdos de hospitalidad y patronazgo con personalidades importantes que podían influir positivamente en dicho ascenso. En relación con esta dinámica, algunos miembros de las élites municipales consiguieron alcanzar puestos religiosos y administrativos relevantes en el marco provincial. Así, paulatinamente el modo de vida romano se fue extendiendo entre la población, con un resultado directo en los nombres propios: Cayo Atilio Genial de la tribu Quirina (CIL II 2973); Sempronia Plácida (CIL II 4246); Cneo Sempronio Fido, de la tribu Galeria (CIL II 4245); Cayo Antonio Certo, Domicia Marcelina y Antonia Emiliana (CIL II 2964); Tito Antonio Paterno y [Lucio] Cecilio Estivo (CIL II 2960)… o el famoso retórico y pedagogo de origen calagurritano Marco Fabio Quintiliano.

Como hemos adelantado más arriba, en época romana la onomástica latina prevalece sobre el resto, pero las fuentes señalan la presencia de cierta variedad, en esta variedad destacan los nombres propios de origen vasco-aquitano.

b.- Los nombres de origen vasco-aquitano

La aparición de nombres propios de origen vasco-aquitano es habitual en Aquitania, pero disponemos de cierta concentración de casos en la Zona Media de Navarra y en las Tierras Altas de Soria, junto con otros ejemplos aislados en Araba y Gipuzkoa. A veces, estos nombres de persona comprenden un nomen único o aparecen compuestos por un nombre de origen latino y otro vasco-aquitano. En ocasiones, los individuos que los portan están emparentados con personas que llevan nombres romanos. Como muestra, en una inscripción funeraria hallada en Andión (Mendigorria, Navarra), se lee que un tal Lucio Emilio Serano, de nombres romanos, le dedica una estela a su difunta madre, Calpurnia Urchatetelli (CIL II 2967), cuyo nomen es claramente de origen vasco-aquitano. Contamos con varios ejemplos al respecto, entre otros Valerius Beltesonis (HAE 2464); Aemilius Ordunetsi (HEp 3, 1993, 267)⁴; Ummesahar, Narhungesi y Abishunari (IRMN 50, Lerga); Badan y Abisunsonis (AE 1998, 776); Edsuri (HAE 2465; HEp 5, 1995, 610); Luntbelsar (HEp 6, 1996, 4); Agirsenus (HEp 3, 1993, 363), Illuna (CIL II 5815) o Asterdumari (CIL II 5840).

c.- Nombres de origen indoeuropeo

Otros nombres indígenas presentes corresponden al ámbito indoeuropeo o céltico. Al igual que los de origen vasco-aquitano, estos nombres proceden de una geografía dispersa y casi siempre aparecen vinculados de una u otra forma a nombres de origen latino. En algunas piezas epigráficas halladas en Araba contamos con los nombres Ambatus (CIL II 2948; CIL II 2951; CIL II 2956; HEp 4, 1994, 1; HEp 4, 1994, 11), Reburrus (CIL II 2941), Segontius (CIL II 5821; CIL II 2942; CIL II 2946; CIL II 2956; HEp 1, 1989, 18) o Turaesanus (CIL II 2957; CIL II 5819). En Navarra se repiten algunos de estos nombres, como Ambatus (IRMN 55) y Segontius (CIL II 5828), y encontramos otros que no, como Ambata (CIL II 5827), Annia (CIL II 2970), Aunia (CIL II 5828), Betunus (IRMN 19), Calaetus (CIL II 2968; HEp 2013, 325), Celtius (IRMN 53), Coemia (IRMN 35), Doiterus (IRMN 55) o Viriatus (CIL II 2970). Los testimonios disponibles hasta el momento no permiten confirmar con seguridad cuál era la onomástica indígena predominante en los ámbitos várdulo y caristio, pero los escasos hallazgos apuntan a que aquella de origen indoeuropeo aventajaba a la aquitano-vascona. En cambio, en Navarra, lugar en el que las fuentes al respecto son más numerosas, en la onomástica no romana se aprecia cierto predominio del aquitano-vascón sobre el indoeuropeo.

Por último, en algunos epígrafes hallados en territorio navarro se mencionan personas con nombres de origen griego, como, por ejemplo, Athenio (IRMN 67), Chrysaeis (IRMN 67), Tyrmus (HEp 8, 1998, 373), Eraste (HEp 8, 1998, 373) o Telesphoros (HEp 7, 1997, 480; IRMN 33). Tradicionalmente se ha pensado que serían libertos o que tendrían algún tipo de vinculación con la condición servil. ⁵

La Antigüedad Tardía (siglos III-VII)

El Imperio Tardío (siglos III-V)

En el año 212 entró en vigor la conocida Constitutio Antoniniana promulgada por el emperador Caracalla, mediante la cual se otorgaba la condición de ciudadanía romana de pleno derecho a todos los habitantes libres del imperio. Paralelamente, se abrió un periodo de crisis que trajo consigo amplias transformaciones y reformas en el mundo romano, dejando paso a un nuevo periodo denominado Antigüedad Tardía. De forma general, el hábito epigráfico descendió de forma drástica y, tras una leve recuperación en el siglo IV, volvió a caer en el siglo siguiente en consecuencia del colapso y desaparición del Imperio Romano de Occidente.

Después de varias décadas de silencio, en el siglo IV vuelven a reaparecer los vascones en las fuentes escritas y se estrena el término “Vasconia” en referencia a un ámbito geográfico poco preciso ubicado en el entorno pirenaico occidental. No obstante, dicha reaparición sucede en un contexto literario y poético altamente influenciado por la retórica. En cambio, desaparecen los etnónimos de los autrigones, berones, caristios y várdulos, a pesar de que pervive cierto recuerdo, ya que algunas fuentes mencionan los corónimos “Vardullia” y “Austrogonia” para referirse a unas regiones cuyos límites y estatus no precisan, pero que, al parecer, ubican en los antiguos solares várdulo y autrigón.

A lo largo de este periodo, la citada fórmula de la tria nomina fue cayendo en desuso y se expandió la tendencia a utilizar el nomen unicum, un fenómeno que también afectó a Vasconia y a sus territorios vecinos, en donde encontramos varios ejemplos como: Leucadius (IRMN 26), Leontis (IRMN 54), Oborios (AE, 1987, 619), Salonius (HEp 7, 1997, 468), Sempronia (CIL II 2918), Ursicenus y Asevucius (HAEp 2521), Verus (CIL XIII 412) ⁶, Valerianus (IRMN 54), Valerianus (obispo de Calahorra, mencionado por el poeta Prudencio: Perist. 2.537), Silvanus (obispo de Calahorra, mencionado en la correspondencia entre el metropolitano tarraconense Ascanio y el Papa Hilario) o Dulcitius (MosHispa-Na, 4), nombre que aparece en la iconografía musivaria de la villa de El Ramalete (Tudela, Navarra).

Entre los reinos francos y visigodo (siglos VI-VII)

Durante el colapso del Imperio Romano de Occidente, pueblos bárbaros llegados en varias oleadas migratorias se fueron estableciendo en las antiguas provincias imperiales y formaron sus propios reinos. Ya entrado el siglo VI, Vasconia se encontraba entre los reinos occidentales más importantes del momento, los visigodos al sur de los Pirineos y los francos al norte. A partir de la segunda mitad de la centuria, los intelectuales de ambos reinos denominaron vascones a ciertas comunidades cuyos límites geográficos no precisan, pero que muestran un dinamismo militar sin precedentes. Estos vascones tardíos son presentados, con cierto tono retórico, como un pueblo belicoso que lanzaba expediciones de saqueo contra sus vecinos y que se mostraba dispuesto a participar como fuerza de choque en las habituales guerras civiles y revueltas que se daban en los reinos francos y visigodo. La arqueología secunda ese carácter guerrero, ya que en Bizkaia, Araba y Navarra se han encontrado varias necrópolis con ajuares que incluyen armas y objetos cuyo uso y producción remite al ámbito franco y aquitano, pero sin paralelos en el entorno visigodo. Además, por primera vez, en la primera mitad del siglo VII algunas fuentes se refieren como Vasconia o Wasconia a cierta región ubicada al norte de los Pirineos occidentales. 

Tanto francos como visigodos trataron de someter a estas poblaciones vasconas a través de derrotas militares y acuerdos de rendición, pero la inestabilidad política de sus reinos y, quizá, la propia falta de unidad entre los vascones, dificultaron la empresa. De hecho, cuando los musulmanes desembarcaron en la península ibérica en el año 711, el rey visigodo Rodrigo se hallaba en Pamplona combatiendo a los vascones.

En cuanto a los nombres propios en esta época, las fuentes son verdaderamente parcas al respecto. De hecho, no llegan a identificar a ningún vascón por su nombre. Los escasos nombres que conocemos son de origen romano, germánico o hebreo, como los de algunos obispos de Pamplona que asistieron a los concilios visigodos (Liliolo, Juan, Atilano y Marciano) y Rictrudis, una religiosa de origen vascón cuya vida nos relata Hucbaldo, un monje carolingio que vivió en los ss. IX-X.

La Alta Edad Media (siglos VIII-X)

En este periodo, en comparación con la época anterior, contamos con numerosas fuentes escritas procedentes del ámbito franco, musulmán, asturiano y, ya en el s. IX, pamplonés, con una diversidad temática cada vez mayor.

La irrupción de los musulmanes trajo la desaparición del reino visigodo abriendo un nuevo periodo histórico en la península ibérica. Siguiendo la tónica de otras ciudades del valle del Ebro, las autoridades de Pamplona pactaron un acuerdo de rendición con los recién llegados. Si bien es cierto que durante las siguientes décadas los musulmanes lanzaron varias expediciones militares para asegurar el territorio, los hallazgos arqueológicos, entre los cuales destaca la maqbara de la Plaza del Castillo o los anillos con escrituras cúficas, indican la presencia de gentes de origen norteafricano y la asimilación de los símbolos de poder islámicos por parte de algunas élites vasconas en el siglo VIII. Esta aculturación fue más intensa en los territorios de la actual Ribera Tudelana, donde prevalecieron los Banu Qasi, linaje descendiente de un aristócrata llamado Casio convertido al islam. Sin embargo, la región vascona más occidental, a la que las fuentes comenzaron a llamar Alaba, fue sometida por los reyes de la joven monarquía asturiana y se mantuvo bajo órbita de ésta hasta comienzos del s. XI.

Al norte de los Pirineos, la dinastía carolingia se hizo con el poder del reino franco iniciando una expansión que alcanzó sus cotas más altas con Carlomagno (768-814) y su hijo Ludovico Pío (814-840). Al igual que sus predecesores, los carolingios trataron de mantener bajo control la Vasconia norpirenaica mediante la fuerza y delegando la gestión del territorio en la figura de un duque que, en teoría, debía velar por los intereses carolingios. Pero según las crónicas, las revueltas fueron frecuentes y a veces fueron secundadas por los propios duques. Carlomagno y Ludovico, con el objetivo de proteger las fronteras del reino frente a los musulmanes, crearon una serie de condados al sur de los Pirineos, entre otros el condado de Aragón. La derrota de Orreaga del año 824 puso fin a los intentos carolingios por controlar a los vascones del entorno pamplonés, a quienes las crónicas francas denominan en ocasiones Navarri et Pampelonenses. Al parecer, en estos años al frente del territorio se encontraba el princeps Enneco Aresta (Iñigo Arista) que, mediante una hábil política matrimonial, tejió una red de alianzas con los Banu Qasi y el conde de Aragón. Sin embargo, sus herederos viraron hacia un discurso de confrontación respecto a los musulmanes, tomando como socios preferentes a los asturianos. En el año 905 accedió al poder la dinastía Jimena, configurando de manera formal el Reino de Pamplona. ⁸

Tal como hemos mencionado más arriba, a medida que avanzan los siglos las fuentes se vuelven cada vez más cuantiosas y variadas, ofreciéndonos abundante información en torno a los nombres propios. En esta ocasión nos centraremos en la onomástica no musulmana o islamizada, habitual en las regiones más sureñas. En primer lugar, destaca el origen autóctono o local de la gran mayoría de los nombres. En segundo lugar, podemos observar que para finales del s. VIII y comienzos del s. IX se va asentando la tendencia a que la filiación ocupe la posición del nomen, aunque, en ocasiones, es sustituido por un cognomen o apodo relacionado con alguna característica del individuo, como Aresta o Malo. Sin embargo, este apodo no se vuelve hereditario. Asimismo, conforme avanzan los siglos IX y X, es habitual indicar el lugar de origen del mismo. En cuanto a las mujeres, normalmente se indica su filiación, aunque en ocasiones se menciona su lugar de origen y el nombre de su marido. La información más completa la encontramos en las Genealogías de Roda, inserto en unos códices redactados a finales del siglo X, según parece, en algún lugar bajo la órbita del Reino de Pamplona. He aquí algunos ejemplos:

-Los notables del Ducado de Vasconia y su entorno norpirenaico:

-El dux Lupus o Lope (Annales Einhardi, ad. ann. 769).

Adhelericus (Astr. Vita Hludovici, 5. Ad. ann. 789-790).

-Lope Sancho, princeps Vasconum (Ermoldo el Negro, In honorem Hludovic… 1.129-36).

-El dux Sigiwinus (¿Jimeno?). En: Annales regni Francorum, ad. ann. 816; Astr. Vit. Hludovici, 26; Luppus Ferrariensis, Epist. 31).

-El princeps Garsimiro (Chronicon Moissancense, ad. ann. 816).

-Lupo Céntulo y su hermano Garsando (Annales regni Francorum, ad. ann. 816).

-El conde Asinarius o Aznar (Annales regni Francorum, ad. ann. 816) y su hermano Sancio Sanci o Sancho Sánchez (Annales Bertiniani, ad. ann. 836).

-Gobernantes y notables del entorno pamplonés y sus familiares

Garsiya ibn Wannaco o García Íñiguez (Ibn Hayyan, Kitab al-Muqtabis).

-El obispo Wiliesindo de Pamplona (Eulogio de Córdoba, Epistola tertia ad Wiliesindum, 1).

-Los duces navarros Indio (¿Íñigo?) y Mitio (¿Jimeno?) (Fragmentum codicis Fontanellensis, ad. ann. 850).

-García, hijo de Lubb (Al-Himyari, Kitab Ar-Rawd… 22).

-En las Genealogías de Roda, 1-10 (lista de los reyes de Pamplona):

Enneco, cognogento Aresta (Eneko, de sobrenombre Arista). Su madre: Onneca. Hijos de Enneco: Garsea Ennecones (García Íñiguez); Assona, mujer de Muza, señor de Borja y Terrero; otra hija, cuyo nombre no se ha conservado, mujer de Garsea Malo (García el Malo, hijo de Galindo Belascotenes y Fakilo), conde de Aragón.

-García Íñiguez. Hijos: Fornutio Garseanis (Fortún Garcés); Sancio Garseanis (Sancho Garcés); Onneca, mujer del conde de Aragón Aznar Galíndez.

-Fortún Garcés. Su mujer, Oria, hija de (no consta). Sus hijos: Enneco Fortunionis; Aznar Fortunionis; Belasko Fortunionis; Lope Fortunionis y Onneca, casada con Asenari Sanzones de Larron o Aznar Sánchez de Larraun (?).

Garsea Scemenonis (García Jiménez) tuvo como mujer a Onneca Rebelle de Sangosa (Oneca Rebelle de Sangüesa), con quien tuvo a Enneco Garseanis (Íñigo Garcés) y a domna Sanzia (doña Sancha). Después, tuvo como segunda esposa a domna Dadildi de Paliers (doña Dadildis de Pallars), hermana del conde Raimundo, y juntos tuvieron a Sanzio Garseanis (Sancho Garcés, el primer rey de la dinastía Jimena) y a Scemeno Garseanis (Jimeno Garcés).

BIBLIOGRAFÍA

¹ Imágenes, bibliografía e inscripciones completas de los epígrafes citados, en: HispaniaEpigraphica Online Database – Search (eda-bea.es)

² Imagen: Photo 41029701.jpg – Auñamendi Eusko Entziklopedia (eusko-ikaskuntza.eus)

³ Imagen: https://botorrita.com/wp-content/uploads/2020/06/Bronce_de_Botorrita_II.jpg

⁴ Imagen inscripción de Muez (Aemilius Ordunetsi). HEp 3, 1993, 267: HispaniaEpigraphica Online Database – Record Card (eda-bea.es)

Imagen estela de Andrearriaga. HAE 2464: Hilarri baskoia – Valerius Beltesonis – 3D model by Alberto Mendikute (@amendikute) [5b809d2] (sketchfab.com)

Mapa onomástica vasco-aquitana (2018): onom%C3%A1stica+aquitana+vascona.jpg (1396×960) (bp.blogspot.com)Irudi batzuk: Aquitano y Vascónico (dpz.es)

⁵Nafarroa: Vista de Onomástica personal en las inscripciones romanas de Navarra (unav.edu)

Arabaren kasurako, mapak eta grafikoak: https://www.google.com/url?sa=i&rct=j&q=&esrc=s&source=web&cd=&ved=0CDgQw7AJahcKEwjoz5ygm8GAAxUAAAAAHQAAAAAQAw&url=https%3A%2F%2Fojs.ehu.eus%2Findex.php%2FVeleia%2Farticle%2Fdownload%2F2848%2F2464&psig=AOvVaw23RSVHn_xsKQfds84UxAVP&ust=1691176957304948&opi=89978449

⁶ Irudia: https://www.google.com/url?sa=i&url=https%3A%2F%2Fiesusioshemarian.wordpress.com%2Farchivo%2F&psig=AOvVaw0Zuv_rxamVTs7ME2JJFJVK&ust=1691325009361000&source=images&cd=vfe&opi=89978449&ved=0CBEQjRxqFwoTCKCDvuXCxYADFQAAAAAdAAAAABAR

⁷  Todas las fuentes primarias, su traducción y bibliografía básica en: Larrañaga Elorza, K., 2008, Euskal Herria Antzinate Berantiarrean eta Lehen Ertaroan. Materiale eta agiriak, UPV-EHU.

⁸ Los textos del códice referidos al territorio navarro en: 193_284.pdf (unizar.es)

BLIBIOGRAFÍA BÁSICA Y COMPLEMENTARIA

Caro Baroja, J., 1945, Materiales para una historia de la lengua vasca en su relación con la latina, Salamanca.

Castillo, C., 1977, “Onomástica personal en las inscripciones romanas de Navarra”, Cuadernos de Arqueología de la Universidad de Navarra, 5, 127-144.

Ciprés, P., 2006a, “La onomástica de las inscripciones romanas del País Vasco. Estructura del nombre personal y estatuto jurídico”, Veleia, 23, 85-128.

Gorrochategui Churruca, J., 2006, “Onomástica vascona y aquitana: elementos para el conocimiento de la Historia Antigua de Navarra”, en: Andreu Pintado J. (coord.), Navarra en la Antigüedad. Propuesta de actualización, Institución Príncipe de Viana, Pamplona, 111-136.

—2008, “Antzinateko euskararen nondik norakoak”, Euskalgintza XXI. mendeari buruz XV. Biltzarra. Hizkuntza gaiak, 361-378.

—2020, “Aquitano y vascónico”, Palaeohispánica, 20, 721-748.

Johnston, H.W., 2016, La vida en la antigua Roma, Alianza editorial, Madrid.

Labeaga, J.C., Untermann, J., 1993-1994, “Las téseras del poblado prerromano de la Custodia, Viana (Navarra). Descripción, epigrafía y lingüística”, Trabajos de Arqueología Navarra, 11, 45-53.

Lacarra, J.M., 1972, Historia política del Reino de Navarra: desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla, Aranzadi, Pamplona.

Larrañaga Elorza, K., 1988, Euskal Herria Antzinatean, material eta agiriak, Kriselu: Donostia.

—2008, Euskal Herria Antzinate Berantiarrean eta Lehen Ertaroan. Materiale eta agiriak, UPV-EHU: Bilbo.

Michelena Elissalt, L., 1954, “De onomástica Aquitana”, Pirineos, 409-458.

Pozo Flores, M., 2022, Vasconia Tardoantigua: entre la evolución sociopolítica y la construcción intelectual (400-711), CSIC.

Ramírez Sádaba, J.L., 1992, “La onomástica de los vascones: autóctonos e inmigrantes”, Príncipe de Viana, Anejo, 14, 287-293.

Torregaray Pagola, E., 2007-2008, “Vascones en la Antigüedad: entre la historia y el mito”, Boletín Arkeolan, 15, Irún, 59-72.

Vallejo Ruiz, J.M., 2006, «Lenguas prerromanas del País Vasco», en: Barruso Bares, P., Lema Pueyo, J.A. (coord.), Historia del País Vasco. Prehistoria y Antigüedad, Donostia, 195-203.

Velaza, J., 1995, “Epigrafía y dominios lingüísticos en territorio de los vascones”, en: Beltrán, F. (ed.), Roma y el nacimiento de la cultura epigráfica de Occidente, Diputación de Zaragoza e Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 209-218.

Zaldua Etxabe, L.M., 2020, Gipuzkoa Antzinaroan: hizkuntzak eta eremu linguistikoak onomastikaren argitan, Euskaltzaindia, Bilbo.

¡PIDE TU APELLIDO!
error: CONTENIDO PROTEGIDO